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Giuseppe Di Giacomo

Conferencia Magistral: El arte contemporáneo, un momento de ruptura respecto al arte tradicional.

 

En el siglo veinte se desencadena una crisis de los valores propios del arte tradicional que se extiende a la cultura en general (estética, literatura, cine, etc.). La modernidad, entendida como el periodo en que vivimos, se caracteriza por una continua transformación de esquemas y paradigmas. Hegel anuncia el fin de la historia; pero Nietzsche, refuta la tesis de Hegel, afirmando que el tiempo es finito. No hay ningún absoluto capaz de rescatarnos del tiempo. Para Hegel la vida es finita, pero después de la vida existe la eternidad. Este punto de vista es un legado de Platón: la vida tiene un sentido después de la muerte. Para Nietzsche no hay sentido después de la vida—solamente en esta vida y realidad, en su temporalidad y finitud está cualquier posibilidad de sentido. El absoluto y la eternidad sólo pueden vislumbrarse en esta vida, en el tiempo.

Antes del siglo veinte, Dios se revela. Después del siglo veinte, Dios está escondido.

Las obras de arte permiten transgredir la finitud del tiempo y detonan memorias involuntarias e intempestivas que nos conectan con otros tiempos, otros lugares y otros posibles. Pero las obras de arte sólo pueden hacerse en el tiempo y con el tiempo. Proust, Joyce, Kafka y Beckett ejemplifican esta paradoja y la hacen explícita en su obra—de ahí su grandeza—pues logran plasmar, mediante la interrupción abrupta de sus textos, la fragmentación característica del siglo veinte. La tarea de los humanos, moral y ética, es vivir esa fragmentación, sabiendo que la vida puede interrumpirse en cualquier momento, inesperadamente, asumiendo que no hay significado final ni tierra prometida: y, pese a ello, vivir.

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